domingo, 26 de junio de 2011

Latir

Había una vez un pequeño corazón que nació a mediados de primavera. Como todos los corazones, necesitaba mantenerse caliente, para , llegado el día, comenzar a latir.
Pero a medida que pasaban los días, meses y años, parecía que estaba decidido a mantenerse aletargado, ya que comenzar a latir era algo que, en parte, le aterraba por los tremendos riesgos que esto conllevaba.

Había muchos que se habían vuelto completamente locos sin haber terminado de completar la primera fase y otros tantos que estaban inmersos en la más profunda soledad al haberse terminado el ritmo. Sólo unos pocos tenían las agallas (y, cómo no, un poco de suerte) para adentrarse y darle un buen final a su periplo.

Por eso, decidió mantenerse cerca de los demás corazones, ya que con su presencia y amistad se encontraba tan feliz que había llegado ha olvidar la importancia de latir; ahí encontraba siempre el calor que le hacía falta y con eso le bastaba.

De vez en cuando se dejaba llevar un poco por los latidos que florecían dentro de él, pero la experiencia le resultaba al final tan amarga que los encerraba y tiraba la llave para evitar tener que volver a encontrarla. El miedo ha acabar mal le podía y ahí se encerraba. Le rodeaban los mejores corazones, y aunque ellos le animaban a que despegara, no veía claro el camino.



Pero un día todo cambió.

Sentía que debía avanzar, crecer y, por lo menos, darle una oportunidad. Sentía que había llegado el momento y que ya era lo suficientemente fuerte para afrontar todos los achaques y contratiempos del camino.

Había llegado la hora de comenzar a latir y ser un corazón de verdad.

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